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FEBRERO DE 2016 - DISCO DEL MES:
TAU CROSS - TAU CROSS (2015)


Tau Cross - Tau Cross (Relapse Records, 2015)


 Ya entrado 2016, sigo aún explorando los discos del año pasado que me quedaron por oír, entre ellos este debut de un grupo nuevo, el único de los seleccionados por deathmetal.org para su lista de 2015 que tenía pendiente hasta hace poco (junto con el canto de cisne de Motörhead, un testamento digno y sólido pero no muy distinto de otros títulos recientes). Tau Cross es una formación nueva, aunque algunos de los músicos que la componen son viejos conocidos de la escena internacional. Su principal instigador es Rob Miller, más conocido por ser el fundador y líder de los británicos Amebix y, en otro orden de cosas, por ser un personaje bastante peculiar, una especie de Daniel Day-Lewis de la música: es herrero de profesión y actualmente vive en la isla escocesa de Skye, situada más o menos allá donde Cristo dio las tres voces. Para esta aventura, Miller se ha rodeado de varios músicos oriundos del otro lado del charco, cada uno grabando desde su país de residencia: Michel Langevin, batería de Voivod, y dos guitarristas estadounidenses. Estamos pues ante uno de esos grupos nuevos de gente no tan nueva, un “supergrupo” como gustan de llamar algunos, fenómeno que pone de manifiesto por enésima vez cómo generalmente los músicos nacidos en la década de los sesenta o setenta, es decir, los que empezaron a hacer música durante la etapa clásica del metal, son los que consiguen expresarse en un lenguaje coherente y al mismo tiempo personal (siempre que no hayan claudicado ante el capital), en contraste con la gran mayoría de quienes se han criado en la era de Internet, con todos los grupos y la información del mundo a un clic de distancia, y por ello rara vez han experimentado la situación de aislamiento social y geográfico necesaria para crear una auténtica música de alienación que hable con voz propia. Este nuevo proyecto responde a la iniciativa del señor Miller, quien ha compuesto casi todas las canciones y las letras, y es de rigor señalar que no constituye ninguna prolongación de su actividad con Amebix. A pesar de compartir algunos rasgos, discretos y lejanos, con dicho grupo, el estilo de Tau Cross es muy distinto y característico, mezclando diversas influencias para establecer un marco narrativo en el que presentar sus sombrías fábulas modernas.


Tau Cross, en sentido horario: Rob Miller, Andy Lefton,
Jon Misery y Michel Langevin


 A pesar de haber visto la luz en mayo de 2015, no incluí este disco en mi reciente lista de lo mejor del año porque consideré que no era estrictamente un álbum que entrara en la categoría del heavy metal y, todo sea dicho, porque tampoco le presté excesiva atención hasta hace unas pocas semanas. Fue entonces cuando me di cuenta de que este curioso híbrido de distintos estilos supera la suma de sus partes y no sólo suena distinto a cualquier otra cosa que haya oído antes, sino que encaja a la perfección con el espíritu que lo inspira. Para no entrar en estériles taxonomías, podríamos definirlo simplemente como “punk/rock” a secas, pero un punk/rock intensamente imbuido del heavy metal primitivo y directo de Motörhead, del guitarreo macizo e insistente y los coros macarras del estilo crust punk del que Amebix fue uno de los adalides, si no el inventor, así como de la liviandad y el dinamismo de los grupos de post-punk más rockeros, como Killing Joke. Todo ello suena inequívocamente ochentero, pero adquiere una nueva luz merced a la fusión original de géneros y a una producción moderna que es robusta y clara, pero lo suficientemente orgánica como para preservar la indispensable aspereza. La instrumentación es básica y minimalista, exceptuando contados teclados a modo de efecto ocasional y guitarras acústicas en las múltiples partes de resonancia folk. En efecto, varias de las canciones, o mejor dicho, pasajes de las mismas, son baladas introspectivas con letra susurrada o recitada, respaldada en más de una ocasión por una segunda voz más melódica (¿de otro miembro del grupo?) que hace un perfecto contrapunto, para dar paso a continuación a una explosión guitarrera que constituye un clímax lógico y esperado antes que el tipo de ruptura estilística gratuita característica del metalcore más frívolo. A través de estos elementos tan dispares, el nexo de unión que mantiene la coherencia es el tono épico omnipresente, sea cual sea el ritmo y el tema abordado, una perspectiva entre sombría y clarividente que pone tanta poesía como gravedad en los detalles del mundo que nos rodea. Esta manifiesta unidad de espíritu, sabiamente conjugada con la asombrosa variedad de las canciones presentadas, es lo que dota de entidad y profundidad al disco en su conjunto, a pesar de las sencillas estructuras estrofa/estribillo y del monopolio de la voz como hilo conductor de la música, algo que por lo general suele reducir en gran medida su potencial complejidad, pero en este caso cabe puntualizar que no se trata de metal simplificado y convertido en rock comercial, sino de punk/rock metalizado y épico, lo que quiere decir que no son las carencias de virtudes propias del metal lo que salta a la luz, sino los aciertos de respaldar el rock con influencias más intensas para darle un sabor reforzado.


 Otro rasgo característico de esta propuesta singular es la voz de Rob Miller, tan cazallera y desgarrada en ocasiones que hace que Lemmy Kilmister parezca George Michael. Las melodías vocales, incluso en ese registro extremo, son muy pegadizas, aunque el grupo tiene la prudencia de variar continuamente los tonos para no saturar con ninguno. Por su parte, las letras merecen también un comentario, porque son el complemento ideal para cada canción, y terminan de generar la sensación de que no sobra ni falta un solo ingrediente. Escritas en un registro tan sencillo como abierto a interpretaciones, abarcan una multitud de temas que van desde las alegorías bíblicas hasta la lucha del hombre contra todas las instancias que tratan de coartar su libertad y encaminar su existencia, pasando por los horrores de la guerra, los terrores que acechan a la humanidad o la desnudez ante la muerte. Pese a la marcada distorsión de la voz, su contenido resulta altamente inteligible, y esa es una de las grandes bazas del grupo, porque el hecho de percatarse inmediatamente de que uno está escuchando un mensaje inteligente en lugar de cualquier tontería de relleno hace que la música enganche desde el primer momento. Al igual que sucedía en los discos de Amebix, la mirada de Miller es tan lúcida como pesimista, aunque por debajo de todas las dificultades subsiste un poso implícito de esperanza en la posibilidad irreductible que tiene todo ser humano de luchar por alterar su destino. Como puede verse, las ideas que inspiran este álbum son profundas y pertinentes, y sus canciones intensas y distintivas son un vehículo de transmisión inmejorable. Ciertamente, todos los estilos que emplea el disco son viejos y bien conocidos (crust, heavy y rock), pero están combinados de una forma original que respalda perfectamente un discurso concreto, definido y personal de indudable relevancia, algo muy superior a lo que casi cualquier grupo de rock, punk o heavy metal es capaz de ofrecer a día de hoy. ¿Quién quiere metalcore indolente pudiendo disfrutar esto?


Belisario, marzo de 2016





Belisario 2016

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